En Mayo de 1940, los alemanes, con un gran ejército de blindados, rompieron la línea Maginot, la barrera defensiva francesa a lo largo de toda la frontera con Alemania. Al poco tiempo Reynaud, el primer ministro francés, telefoneó desesperado a Churchill, diciéndole que les habían derrotado. Ese mismo día, Churchill decide viajar a París en su avión Flamingo, y se reúne con Reynaud y su estado mayor. Ésta es la historia del encuentro, contada por Churchill:
“El comandante en jefe explicó brevemente lo ocurrido. Al norte y al sur de Sedan los alemanes habían penetrado en un frente de ochenta o noventa kilómetros. El Ejército francés que tenían delante quedó destruido o se dispersó. Una gran masa de vehículos blindados avanzaba a una velocidad sin precedentes en dirección a Amiens y Arrás [...]. Detrás de las unidades blindadas, dijo, avanzaban ocho o diez divisiones alemanas, todas motorizadas [...]. El general habló quizá cinco minutos, sin que nadie dijera una sola palabra. Cuando acabó, se produjo un silencio considerable. Entonces pregunté: “¿Dónde está la reserva estratégica?” y, cambiando al francés, que usaba indistintivamente (en todos los sentidos): “Où est la masse de manoeuvre?” El general Gamelin se volvió hacia mí, sacudió la cabeza y, encogiéndose de hombros dijo: “Aucune”. Ninguno.
Siguió otra larga pausa. En los jardines del Quai d’Orsay surgía humo de grandes hogueras, y vi por la ventana a venerables funcionarios empujando hacia ellas carretillas llenas de archivos. De modo que ya estaban preparando para evacuar París. [...]
“Aucune”. Me quedé atónito. [...] Jamás se me hubiera ocurrido que un comandante que tuviera que defender ochocientos kilómetros de un frente comprometido pudiera quedarse sin una reserva de maniobra. Nadie puede defender con seguridad un frente tan amplio; pero cuando el enemigo ha lanzado una gran ofesiva que rompe la línea, uno siempre puede tener, uno siempre debe tener, una masa de divisiones para iniciar un contraataque enérgico en el moemento en el que la primera oleada de la ofensiva pierda su fuerza.[...] Y entonces resulta que no había ninguna reserva. Reconozco que fue una de las mayores sorpresas que me llevé en la vida. [...] Entonces le pregunté al general Gamelin cuándo y dónde se proponía atacar los flancos del “bulto”, y su respuesta fue: “Inferioridad de cifras, inferioridad de equipo, inferioridad de método.” Y se encogió de hombros, sin esperanzas. Sin ninguna discusión, porque no había nada que discutir.”
Del libro: La Segunda Guerra Mundial (I), de Winston Churchill.